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En
las antiguas Grecia y Roma, estaba extendida la creencia en la
magia. Existía, sin embargo, una clara distinción entre distintos
tipos de magia según su intención. La magia benéfica a menudo
se realizaba públicamente, era considerada necesaria e incluso
existían funcionarios estatales, como los augures
romanos, encargados de esta actividad. En cambio, la magia
realizada con fines maléficos era perseguida. Se atribuía generalmente
la magia maléfica a hechiceras (en latín maleficae),
de las que hay numerosas menciones en numerosos autores clásicos.
De
estas hechiceras se creía que tenían la capacidad de transformarse
en animales, que podían volar de noche y que practicaban la magia
tanto en provecho propio como por encargo de terceras personas.
Se dedicaban preferentemente a la magia erótica, aunque también
eran capaces de provocar daños tales como enfermedades o tempestades.
Se reunían de noche, y consideraban como sus protectoras e invocaban
en sus conjuros a diosas como Hécate, Selene y Diana.
Relacionada
con la creencia grecorromana en las brujas está la figura de la
striga, un animal nocturno que es mitad
pájaro mitad ser humano que se alimenta de sangre (y que resulta
también un precedente de la moderna figura del vampiro).
En
el Antiguo Testamento, concretamente en el Éxodo, se prohíbe la
brujería, y se establece que debe ser castigada con la pena de
muerte: "A la hechicera no la dejarás con vida" (Éxodo 22:18).
Es de notar que, al igual que en la Grecia y Roma clásicas, la
brujería aparece como una actividad mayoritariamente femenina,
lo cual no es de extrañar, ya que la asociación de la mujer con
el Mal es frecuente en la Biblia.
De
otras citas bíblicas (Levítico 20:27, Deuteronomio 18:11-12),
se desprende que la principal actividad de estas brujas bíblicas
era la necromancia o invocación a los muertos. En el Primer Libro
de Samuel (1Samuel 28:1-25) se relata la historia de la bruja
de Endor, a la que Saúl, contraviniendo sus propias leyes, recurrió
para invocar al espíritu de Samuel antes de una guerra con los
filisteos.
Brujería
y cristianismo
Si bien la actitud del cristianismo con respecto de algunas prácticas
mágicas, tales como la astrología o la alquimia, fue en ciertos
momentos ambigua, la condena cristiana de la brujería fue explícita
e inequívoca desde los comienzos de la religión cristiana. En
la Alta Edad Media existen varias leyes condenando la brujería,
basadas tanto en el ejemplo del derecho romano, como en la voluntad
de erradicar todas aquellas prácticas relacionadas con el paganismo.
Sin embargo, la actitud eclesiástica no parece haber sido demasiado
beligerante durante la primera mitad de la Edad Media, como lo
atestiguan documentos como el Canon Episcopi.
La situación cambió cuando la Iglesia comenzó a perseguir las
herejías cátara y valdense. Ambas concedían
una gran importancia al Demonio. Ya que para estas comunidades
cristianas el Demonio estaba personalizado en la Iglesia Romana
Papal, debido a sus grandes abusos. En especial los cataros se
referian a ella como la "prostituta". Para combatir estas herejías,
fue creada la Inquisición pontificia en el siglo XIII. En el siglo
siguiente comienzan a aparecer en los procesos por brujería las
acusaciones de pacto con el Diablo, el primer elemento determinante
en el concepto moderno de brujería.
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